Homilía Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. «El perdón no tiene límites: setenta veces siete»

 

 

 

Aurelio Ferrándiz García

En el Evangelio de este domingo Jesús está instruyendo a sus discípulos acerca de cómo quiere que sea la comunidad cristiana: un lugar donde se viva el perdón sin límites. El domingo pasado veíamos el valor de la corrección fraterna, porque una comunidad compuesta de hombres y mujeres débiles y frágiles estará necesitada siempre de la corrección. En este evangelio Jesús revela otro pilar fundamental sobre el que se edifica una comunidad que quiera durar en el tiempo y llamarse cristiana, es el tema del perdón.

No podríamos entender la historia de la salvación sin el perdón que Dios ha ejercido con el hombre. Toda la historia de salvación es un despliegue del perdón de Dios, que no se cansa de perdonar al hombre, una y mil veces. Y no solamente de Dios con el hombre sino del hombre con el hombre, del hombre con la naturaleza y del hombre consigo mismo. El momento culminante de perdón desplegado en la historia de salvación es el momento de la cruz de Jesús, donde pide el perdón a Dios para los hombres: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

En el evangelio de este domingo aprendemos algo más de la actuación divina sobre el perdón y es el límite del perdón. “¿Cuántas veces de he perdonar a mi hermano cuando me ofende?” La respuesta de Jesús expresada a través de la parábola es que no se puede poner límites al perdón, porque no es algo que nace de nosotros mismos sino del mismo Dios. Hemos de perdonar como perdona Dios: en cada momento, siempre. Esta parábola nos habla, pues, de la inmensa grandeza del perdón de Dios, a la que debemos imitar. Pero, además, en la parábola se nos enseña que el motivo para perdonar siempre es Dios porque cada uno de nosotros somos perdonados por Dios. Hemos de dar, pues, lo que hemos recibido. Porque hemos sido perdonados mil veces por Dios, debemos nosotros perdonar otras tantas al hermano. Tratemos el tema del perdón desde Dios, imitando a Dios que es la fuente del amor y del perdón. Por nuestras propias fuerzas nadie olvida y nadie perdona la ofensa recibida, pero cuando nos llenamos del Espíritu de Dios, puede transformar nuestras heridas en gestos de compasión y amor. El perdón humano brota del misterio de Dios y de su misericordia que es amor y perdón. El tema del perdón es un tema específicamente cristiano, nadie como Jesucristo lo recuerda y lo pide a los suyos como una forma de vivir el amor que procede de Dios. Todo el Nuevo Testamento está plagado de consejos y recomendaciones al perdón. El Padre nuestro recoge esta constante de Jesús: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (6, 12-13).

  1. La necesidad de perdonar y renunciar a la violencia

“El vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados”

El pueblo de Israel estuvo esperando durante mucho tiempo la venganza de Dios contra los enemigos de su pueblo. Pero el sabio del libro del Eclesiástico, Ben Sirac, comprendió algo muy importante: que el Señor está lleno de compasión hacia las debilidades del hombre y lo ha demostrado guardando la alianza con su pueblo.  De este modo, queda superada la ley del talión y se introduce la necesidad de perdonar y renunciar a la violencia. El que recibe el perdón de Dios ha de saber perdonar también a su semejante.

  1. Para amar y perdonar hay que vivir descentrados de nosotros mismos

“Si vivimos, vivimos para el Señor”

¿Por qué muchas veces nos cuesta tanto perdonar y amar? Sencillamente porque estamos replegados sobre nosotros mismos, encerrados en nuestra propia carne. El apóstol nos da un gran consejo: vivir descentrados de nosotros mismos. El que vive en Cristo y para Cristo hace las cosas de Cristo: perdona, disculpa, espera, se reconcilia, ama. Si hemos aceptado a Cristo ya no nos pertenecemos, somos para  Cristo y todo lo que Cristo quiere y espera de nosotros. Somos para los demás, empezando por el amor y el perdón.

  1. El perdón no tiene límites ni medida

“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”

Pedro ya había dicho mucho al indicar el número siete, que es símbolo de totalidad. Esperaría una felicitación de Jesús porque siete veces, frente a la ley del talión que no perdona nunca,  ya era algo heroico, extraordinario. Pero Jesús le corrige y lo lleva mucho más allá: “No siete sino hasta setenta veces siete”. Si hacemos una traducción matemática quiere decir perdonarnos cada tres minutos, es decir, todo el día. En definitiva, el perdón brota de Dios, es reflejo del amor infinito que procede de Dios, y si es auténtico, no puede conocer límites ni medida. Y para reforzar mejor este argumento, Jesús cuenta la bella parábola de aquel deudor perdonado por su señor incapaz de perdonar al que le debe. Aquí se ve reflejado claramente el perdón de Dios que es inmenso, grandioso, frente al perdón del hombre que es siempre en comparación pequeño e insignificante. Aprendamos, pues, a construir nuestra comunidad cristiana sobre el perdón cotidiano, de todos los días y a cada momento. Así viviremos como Dios nos enseña.