Homilia domingo XXV del Tiempo Ordinario. «Dios es muy distinto»

Aurelio Ferrándiz García

Parroquia Sagrado Corazón de Jesús

Tendemos a imaginarnos a Dios a nuestra manera. Pero Dios es muy distinto. Jesús es criticado por su comportamiento con los pecadores y los últimos, se acerca a ellos, los invita a sentarse, a comer con él.  Para salir al paso de estas críticas, Jesús narra esta parábola tan rica en contenido en donde se revela una imagen de Dios totalmente sorprendente, hasta escandalosa, según la manera humana de entender la religión.

Con facilidad creemos que la religión es como un comercio, a tanto trabajo tanto salario, a tal sacrificio tal recompensa. Pero no caemos en la cuenta de que para Dios no valen nuestros cálculos mezquinos. En la religión, lo más importante no es lo que nosotros hacemos por Dios, sino lo que Dios hace por nosotros. La recompensa es precisamente haber podido trabajar por Dios, que él nos haya llamado a trabajar en su viña, sin que nosotros lo hayamos merecido de nuestra parte. Dios no está en deuda con nosotros, hagamos lo que hagamos, somos nosotros los que estamos en deuda con él. Dios es dueño de su generosidad y nosotros no podemos ni debemos controlar su forma de pagar y de recompensar. Él es dueño de sus asuntos.

 Todos sabemos que hay gente que ha estado toda su vida trabajando por Dios, en el Reino de Dios y en su Iglesia, y otros han llegado más tarde, se enteraron tarde, pero se decidieron a entrar en la viña. Al final han tenido el mismo mérito, el mismo reconocimiento, el mismo trato, la misma recompensa. Y parece que esto no cae muy bien. A lo largo de la historia de la salvación, Dios ha ido llamando a hombres y mujeres a trabajar en su viña. Adán, Noé, Abrahán, los profetas, hasta los obreros de la undécima hora que son los apóstoles. También nos llama a nosotros a cualquier edad de nuestra vida porque para Dios nunca es tarde. Primero fueron llamados los judíos y más tarde los paganos. Pero todos han recibido la recompensa de haber sido llamados en la viña de Dios. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar la forma de proceder de Dios? ¿No puede triunfar en el mundo  el amor y la generosidad de Dios o tiene que prevalecer nuestra raquítica justicia de dar a cada uno lo suyo? Dios es totalmente distinto y quiere que aprendamos de él. Sepamos acoger a todos los hombres que han recibido la llamada de Dios en cualquier momento de la vida. ¿Vamos a sentir envidia de Dios, que es capaz de perdonar, acoger, olvidar, y ofrecer la oportunidad de comenzar de nuevo? Envidia significa literalmente ver con “ojo malo”. Aquellos judíos veían con ojo malo lo que hacía Jesús. Y nosotros, ¿cómo vemos lo que hace Dios?

Comprendamos, pues, que Dios tiene una mentalidad distinta y actúa de forma distinta, y tratemos de hacernos semejantes a él y no intentemos hacer a Dios semejante a nosotros.

  1. Los planes de Dios son tan distintos a los nuestros…

“Mis  planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”

Los judíos esperaban volver del exilio a su patria añorada y echar a los que habían ocupado injustamente su tierra y sus casas, estos eran sus planes, pero el profeta anuncia otros planes y les dice que su retorno será a Dios, volver a Dios. Solo entonces habrán llegado a la verdadera patria. El camino que tienen que recorrer aquellos judíos es el camino de Dios, buscar su rostro a través de la conversión. Cuando descubrimos que nuestros planes y nuestros caminos no coinciden con los de Dios, entonces comienza la conversión, el retorno a la auténtica patria, que es Dios mismo.

  1. Optar por lo que necesitan los otros

 “Quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros”

El apóstol siente ya inminente la ejecución capital. Y pensar que la muerte le va a permitir estar con Cristo le produce un gozo inmenso; es su felicidad. Pero, por otra parte, siente que debe continuar con los suyos para seguir haciendo el bien, animando a su comunidad a progresar en la alegría y en la fe. Pablo opta sin dudarlo no por su gusto personal, que es estar con Cristo, sino por aquello que necesitan los suyos, quedarse en esta vida. El apóstol nos da un gran ejemplo de buscar aquello que necesitan los demás antes que nuestra propia dicha, no nuestros propios planes, por santos que sean.

  1. Aceptar a Dios como quiere ser: bueno con todos

“¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

En esta parábola aparece la mejor definición de Dios: “Yo soy bueno”. En efecto, aquellos trabajadores explotan protestando porque no han entendido que el amo de la viña es así de bueno. Y porque es así de bueno, le lleva a hacer lo que quiera en sus asuntos. La bondad no conoce medidas, ni limitaciones, ni cálculos, ni interés. Es pura gratuidad. ¿Cuándo aprenderemos a aceptar  a Dios tal y como él quiere ser, así de bueno y gratuito?

Ser llamado a trabajar por el Reino de Dios es ya una gracia, un regalo. Y no necesita más recompensa. Necesitamos descubrir que el que ha sido llamado a trabajar por Dios ha recibido un gran don, un gran regalo que no nos merecemos.

Dios llama a todas las horas. Lo importante es que vayamos a trabajar a su viña, no le importa tanto a qué hora. No excluyamos a nadie porque haya pasado el tiempo, cualquier momento es bueno para ir a trabajar.

Dios paga generosamente. A nosotros solo nos toca fiarnos de Dios porque él es el mejor amo, el más bueno y siempre nos da más que merecemos. A misericordia no le gana nadie. No nos vendrá mal tomar conciencia de que somos “solo siervos” y el amo sabe lo que tiene que hacer.