Homilia Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Entre el dicho y el hecho hay mucho trecho

Aurelio Ferrándiz García

No nos podemos contentar con una religiosidad que cuida muy bien las palabras y no aterriza en hechos. A Jesús nunca le convenció esta religiosidad, muy propia de sumos sacerdotes y ancianos de su pueblo. Creemos que podemos salvarnos por tener bonitas palabras en la boca, manejar con soltura la palabra de Dios, encontrar palabras para todas las circunstancias y momentos difíciles, pero sin hechos ni obras que acompañen nuestra vida. Hace falta la conversión y arrepentimiento para que las palabras bonitas desemboquen en obras y gestos de amor.

Jesús advierte con esta parábola de los dos hijos la diferencia que existe entre el dicho y el hecho. Un hijo no quiere ir a la viña, lo dice con palabras, pero después lo piensa bien, se arrepiente, y sí va a la viña a trabajar. El otro hijo le dice sí enseguida, con buenas palabras, pero después no va a trabajar a la viña. Al padre le agradó el hijo que finalmente fue a trabajar a la viña. Porque los hechos valen más que las palabras y verifican el valor de las palabras.

Aquellos sumos sacerdotes y ancianos vivían en la hipocresía porque “honran a Dios con sus labios mientras que sus corazones están lejos de él” (Is 29,13). Jesús desenmascara su actitud y les hace ver que no son tan buenos. “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”. Estas palabras de Jesús debieron caer fatal a sus oídos, como una ofensa, puesto que les hace ver a las claras la falsedad de su religiosidad y manera de actuar. Jesús los pone por debajo de las prostitutas y publicanos, porque estos se han convertido, pero aquellos no.

Podemos afirmar que la enseñanza fundamental de esta parábola consiste en la llamada a la conversión, es decir, dar el salto del dicho al hecho, de las palabras a las obras. Sin conversión diaria y permanente no hay buen cristiano. Decía San Agustín: “Desde que me convertí, no he dejado de convertirme”. La autenticidad de la religión está en el grado de conversión, en el deseo firme de cambiar. No podemos quedarnos a nivel de buenos sentimientos y grandes deseos de cambio. Hace falta concretar los buenos sentimientos que despiertan la religión en obras y compromisos de amor. La predicación de Juan Bautista consiguió convertir el corazón de aquellos pecadores públicos, tan alejados de Dios y de su religión. Sin embargo, los oficiales de la religión por oficio y beneficio no habían sentido los deseos y la necesidad de cambiar. Lo más importante es saber arrepentirse y cambiar con los hechos y el compromiso. Tal vez nos faltaron palabras amables y simpáticas, nos faltó prontitud y generosidad en la respuesta, pero al final hicimos lo que Dios quería.

  1. La persona cuenta con la oportunidad de cambiar

 “Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida”

El hombre es responsable de sus propios actos y la persona humana siempre tiene la oportunidad de arrepentirse y cambiar. La libertad nos hace responsables de lo que hacemos. No vale el determinismo del ambiente y de la herencia genética que nos deja fuera de toda responsabilidad. En este pasaje el autor sagrado desliga el destino personal con el de la comunidad. La idea de la responsabilidad colectiva, que premia a los buenos y castiga a los malos, ya no se sostiene porque va contra la justicia de Dios. En adelante, lo que vale es la responsabilidad personal que permite arrepentirnos y cambiar de conducta. Cada uno será juzgado por sus propios actos. Y en la base de nuestras desgracias, están nuestros propios actos y el mal uso que hemos hecho de la libertad. Dios, pues, no es culpable del mal que nos sucede. Lejos de ser culpable, él es misericordioso que se sirve de la miseria del pecador para llamarlo a la conversión y a la vida. Volver a Dios es la oportunidad que se nos da para salvar nuestra vida.

  1. Para cambiar hace falta tener humildad

“No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros”

El apóstol Pablo encuentra en la comunidad querida de Filipos luchas, rivalidades y envidias, discordias e interés propio, y sale al paso con un gran consejo: sed humildes como Cristo nos enseñó. A partir de un problema de convivencia en aquella comunidad, el apóstol da una enseñanza teológica muy rica para los cristianos de todos los tiempos. Hemos de aprender de Cristo Jesús que nos dejó un ejemplo a imitar: su humildad.  Por ella, Cristo se hizo hombre y servidor de los hombres y así sufrió la cruz y nos trajo la redención. Este gesto de humildad no cae en saco roto sino que Dios lo premia exaltándolo y proclamando como Señor, Kyrios.

Toda persona que quiera convertirse necesitará la humildad. De igual manera, toda comunidad que quiera avanzar en la convivencia y en al amor, necesita vivir la humildad como nos enseña Jesús. “Dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás”

  1. Hacer la voluntad de Dios

“Se arrepintió y fue” 

Ante Dios no valen tanto nuestras buenas palabras, ni los mejores deseos, sino los hechos. Cumplir la voluntad de Dios es hacer lo que él nos pide. No valen promesas de cambiar si el cambio no viene realmente. Tal vez fallemos en las formas, decir no a la primera y quedar como desobedientes, pero lo que Dios más valora son los hechos. Dios sabe que muchas veces nos cuesta decir “sí” a la primera, él cuenta con ello. Nos falta prontitud y generosidad, preferimos pensarnos las cosas y defender nuestros esquemas y proyectos, pero el que está abierto de corazón es capaz de dialogar con la voz de su conciencia, con la palabra de Dios, con la opinión de los demás y todo esto le ayuda a recapacitar hasta cambiar de parecer e ir a trabajar.

En esta parábola aparece muy claramente que cumplir la voluntad de Dios no es cosa tan fácil, cuesta despojarnos y desprendernos de nuestra manera de sentir y de pensar. Hace falta, pues, todo un proceso humano-divino que Dios tiene en cuenta. A esto le llamamos conversión, que es lo que él espera de nosotros.