Homilía Domingo XXVII. Somos propiedad de Dios

Aurelio Ferrándiz García

Un domingo más el Evangelio nos habla de la viña para recordarnos la relación de Dios con los hombres. Jesús utiliza una comparación muy conocida en el mundo bíblico. Dios es el propietario de la viña y el pueblo elegido es la viña de Dios, destinatario de todo el cuidado y la predilección de su amo. Los profetas son los enviados de Dios para recibir el fruto, y los viñadores asesinos los dirigentes de la religión judía, que de trabajadores se quieren convertir en propietarios. El hijo enviado es Jesucristo, el Hijo de Dios, asesinado fuera de la viña. La parábola describe la historia de la salvación en su desarrollo trágico por parte de los hombres que no han aceptado el designio de Dios.

La enseñanza fundamental que se desprende de esta parábola narrada por Jesús es descubrir que somos propiedad de Dios por derechos de creación y de redención. Él nos ha creado, nos ha guiado, nos ha salvado. La parábola nos recuerda la preocupación de Dios por los hombres, la fatiga de Dios por cuidar de los hombres hasta el extremo de enviar a su propio Hijo al mundo. ¿Cómo acogemos el cuidado de Dios por nosotros, cómo acogemos a su Hijo enviado para recoger los frutos debidos?

Sabernos propiedad de Dios nos lleva a la responsabilidad de dar el fruto que espera de nosotros el dueño de la vida. Somos arrendatarios de la viña que nos ha prestado: el Reino, la Iglesia, nuestra vida. Lo primero que hemos de hacer es reconocer los derechos de Dios, no considerarnos los dueños. ¿Y cómo se consigue esto? Ante todo agradeciendo a Dios lo que de Dios hemos recibido. La acción de gracias es la mejor actitud de quien devuelve lo que ha recibido. El que da las gracias no se adueña sino que lo transforma todo en positivo, en oración, alabanza, gratitud y responsabilidad. En efecto, la mejor manera de agradecer a Dios los bienes recibidos es responsabilizarnos ante ellos. Sacarles el mejor resultado para devolverlos a Dios, emplear bien los bienes.

  1. Dios espera fruto de nosotros

“¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?”

Comienza el profeta diciendo que en nombre de su amigo va a cantar un canto de amor a su viña. El amigo del profeta es Dios mismo, y el canto es una alegoría de la Historia de amor de Dios con su pueblo. Así como el propietario ha cuidado con esmero de su viña, y esperando buenos frutos, ha encontrado resultados malos. Así también Dios ha cuidado a su pueblo a lo largo de la historia, y en vez de encontrar derecho y justicia, ha encontrado sólo asesinatos y lamentos. En el fondo, Dios está cantando su amargura porque ha puesto todo su amor en el pueblo elegido y no ha encontrado la respuesta merecida.

Tal vez pueda ser que Dios cante este canto de amor a nuestra comunidad cristiana y de nosotros mismos, cuando esperando buenos frutos de mi vida se encuentre un fraude, una decepción. Si Dios espera de mí es porque me ve capaz, porque ha empleado cuidado y cariño en mi vida. ¿Soy capaz de revisar lo mucho que Dios ha hecho conmigo a lo largo de mi vida? ¿Se lo agradezco con responsabilidad, dando el fruto que él espera?

  1. Esperar al Señor es abrirse a la vida

“Todo lo que es verdadero, noble, justo, amable, laudable… tenedlo en cuenta”

Todo lo que encuentra un cristiano en la vida de bueno ha de servir para esperar al Señor. La comunidad cristiana no se encierra en sí misma, sino que está abierta al mundo y a todo cuanto de bueno hay en el mundo. Por ello, la comunidad se ha de fundamentar en la oración de petición y acción de gracias.

  1. Acoger a Cristo

“La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”

Toda la parábola narrada por Jesús va a desembocar en esta afirmación central tomada del salmo 117. Jesús es desechado, rechazado, asesinado por la clase dirigente, pero el edificio se apoya en su muerte y en su resurrección. Cristo es todo para la vida de la Iglesia; para la vida de un creyente y de una comunidad. Para dar fruto hemos de acoger a Cristo. No podemos trabajar en su viña ignorando a Cristo, rechazando su presencia. El nuevo pueblo de Dios tiene como centro y protagonista a Jesucristo, y para ser y estar en la Iglesia necesitamos estar unidos a él.