Homilía Domingo XXVIII del TO. «Venid a la boda»

Aurelio Ferrándiz García

Al contar Jesús esta parábola que acabamos de proclamar, está mostrando el verdadero rostro de Dios, el Dios del gozo y de la alegría. Con frecuencia hemos mostrado al mundo un Dios enfadado, enemigo de la alegría y de la felicidad de los hombres, dispuestos siempre a mandar y a castigar. Pero no es así. Con esta parábola Jesús está manifestando el auténtico rostro del Padre que él vino a revelar. Su Dios está enamorado de la fiesta y la alegría, y nos llama a participar del banquete que ha preparado para nosotros. En Jesucristo él nos ha dicho: “Venid a la boda”. No es casualidad que el primer milagro que realizó según el evangelio de Juan fue convertir el agua en vino, en las bodas de Caná.

Siempre está la posibilidad de no aceptar la invitación de Dios, de no compartir su deseo, de no acudir al banquete de bodas. Seguramente, si lo hubiera obligado no habrían fallado ninguno de los invitados, pero como es sólo su deseo, se rechaza la invitación porque hay otras cosas más importantes que hacer. Esto me hace pensar que muchos cristianos estamos más dispuestos a obedecer a Dios en lo que manda que a complacerle en sus deseos. Parece que la religión cristiana la hayamos convertido en un conjunto de normas y prohibiciones que hay que cumplir,  pero no en una reunión festiva que hay que disfrutar. Nos cuesta pensar que Dios está preocupado de nuestro gozo y de nuestra alegría, que Dios está enamorado de la fiesta. De hecho, él compara el reino con un banquete de bodas y ni siquiera la negativa de los invitados pospone o anula las ganas de celebrar la fiesta que tiene el rey. Los primeros invitados no aceptaron la invitación porque prefirieron ir a sus asuntos, a sus negocios, pero la fiesta no se suprime sino que se extiende a los demás, gentes no distinguidas, gentes que no cuentan.

¿Estamos dispuestos a aceptar a un Dios que desea nuestra alegría y nuestra felicidad por encima de todo? ¿O tal vez preferimos no hacerle caso e ir a nuestros asuntos? ¿Cómo vivimos la vida cristiana? ¿Como una carga pesada que hay que llevar porque estamos obligados, o como un regalo que nos han hecho para que seamos felices y hagamos felices a los demás? ¿Vivimos la Eucaristía como un banquete, donde hemos sido invitados de forma inmerecida, o es un rito obligatorio pesado de cumplir?

  1. Una salvación para todos

“Prepara el Señor para todos los pueblos un festín”

En medio de terribles amenazas para el reino de Judá, el profeta Isaías proclama un mensaje de renovación, de fiesta y banquete. Por la intervención de Dios, aquellos pueblos que estaban amenazando y acarreando la desgracia al pueblo de Dios, participarán también de la salvación de Dios. La fiesta será para todos, también para los que un día eran enemigos. En esta visión de Isaías se reafirma la salvación que Dios va a traer, que será gozo y alegría para el pueblo. Y se anuncia a la vez una salvación universal, para todos, también para los enemigos. Se rompe así la imagen de la una salvación exclusivista, desaparecerá para todos la muerte y las lágrimas. La salvación de Dios es completa porque es para todos, incluso para los que un día eran enemigos.

El Dios de la fiesta y de la alegría no se resigna a tener enemigos, a tener a hombres y mujeres fuera de su festín. Dios no impone pero sí invita a todos a su salvación. Por esto la salvación es para todos.

  1. Qué alegría recibir un signo de caricia y amor

 “Hicisteis bien en compartir mis tribulaciones”

Pablo está en la cárcel y en medio de las dificultades recibe un regalo de la comunidad querida de Filipo. Aunque siempre ha preferido vivir de su trabajo para que nadie lo mantenga, y ha sabido vivir con lo que tiene, agradece con alegría el gesto que han tenido con él. Para Pablo eso es una señal de la misericordia de Dios que él desde siempre ha predicado. El Dios de la alegría necesita también de nuestro gesto de amor y misericordia para que su alegría llegue a los demás. No ahorremos nunca gestos de servicio, de atención, de cariño, de apoyo para que los demás descubran que Dios está con ellos, que Dios los quiere y los ama, que Dios los consuela siempre.

  1. El traje de fiesta

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestido de boda?”

Esta parábola resulta insólita en muchos sentidos. En primer lugar, porque es difícil que uno que ha sido invitado a la boda de un rey no acepte la invitación. En segundo lugar, porque los invitados que llenan la sala del banquete real son gente encontrada en los cruces de los caminos, malos y buenos. En tercer lugar, con estos invitados ¿qué importancia tiene que uno no lleve traje de fiesta? Parce lógico que quien vivía en los cruces de los caminos no tuviera traje de fiesta. El Dios que refleja esta parábola es un Dios desconcertante, imprevisible. ¿Qué quiere decir este traje de fiesta que le faltaba a aquel invitado?

Claramente es la condición para entrar y celebrar la fiesta de aquel rey. No se trata solo de entrar en el banquete sino de estar en condiciones, de permanecer en el banquete. El traje de fiesta significa la actitud fundamental de un cristiano, como es la alegría y la esperanza. Se trata de la alegría de las buenas obras. No es suficiente estar invitados a ser cristianos sino hacerse presente con el traje de la alegría, el amor, la generosidad, la paciencia, la fortaleza, la piedad. Este traje de fiesta es, en definitiva, el traje del bautismo, que es el traje de la vida nueva en Cristo.