Homilía Domingo XXX del Tiempo Ordinario, ciclo A. Amar es lo primero

 

Aurelio Ferrándiz García

Parroquia Sagrado Corazón de Jesús

Le preguntan a Jesús cuál es mandamiento principal entre tantos mandamientos y prohibiciones de la ley judía. En efecto, el pueblo de Dios tenía unos 613 preceptos (248 positivos y 365 negativos, tantos como días tiene el año). La gente sentiría agobio y  cansancio con tanto mandamiento. Por ello le preguntan a Jesús  para que se declare ante  esta maraña de obligaciones. Además, todos tenían la fuerza de Dios porque formaban parte de la ley de Dios. No era fácil decir a unos sí y a otros no, porque todos eran sagrados y procedían de Dios.

Estando así las cosas, le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal. Y Jesús contesta poniendo en primer lugar el amor. Es como si nos diera la clave para entender y vivir todos esos mandamientos. En primer lugar amar, amar a Dios y al prójimo. Solo quien ama puede conocer el sentido de todos estos mandamientos que se han de cumplir desde el amor. Jesús nos ofrece una nueva perspectiva para colocarnos ante lo mandado y lo obligado. Es como si nos dijera: no hagáis las cosas porque están mandadas, no cumpláis como siervos, sino haced las cosas por amor, como las hacen los hijos.

Al señalar Jesús como primer mandamiento el amor a Dios está diciendo cómo hay que relacionarse con Dios, no con la estricta observancia de la ley, de lo mandado, sino con la entrega total del corazón, del alma y de la mente, de todo nuestro ser a Dios. Lo que él nos pide no es tanto el cumplimiento escrupuloso de la ley sino el amor sincero, total y personal a Dios por encima de todo. De esta forma obedecer a Dios es amar a Dios y en esto la respuesta de Jesús es muy original.

No hay una norma externa para amar a Dios, sino que el amor a Dios es la única norma. Muchas veces vivimos la religión y los preceptos o mandamientos como una carga externa y pesada que Dios coloca sobre nuestras espaldas. Pero no es así, el mandamiento principal no es algo externo a Dios, sino que es amar a Dios. Por eso hace falta interiorizar este amor, con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el ser. Hay que amar a Dios desde dentro y no desde fuera. Así se puede cumplir la ley, es una delicia cumplirla porque es también amarlo a él.

El segundo mandamiento es semejante al primero, porque habla también del amor. El segundo es amar al prójimo como a nosotros mismos. No se trata de amar a Dios y al prójimo, sino de amar a Dios en el prójimo. Verificamos nuestro amor auténtico a Dios amando al prójimo de forma total y radical.

Jesús nos da una respuesta muy interesante para vivir bien nuestra religión. En adelante no se trata tanto de legalismo escrupuloso y obstinado, que se puede cuantificar en preceptos y normas, sino de amor vivido con el todo el corazón y con toda el alma. El cumplir con la norma no nos debe distraer de lo más importante como es cumplir la voluntad de Dios y agradarle de corazón. El amor es lo que da sentido a todo lo que hagamos en la religión, sobre todo en lo referente al cumplimiento de la ley.

  1. Para respetar a Dios hay que respetar al prójimo

“No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor”

Guardar la alianza con Dios significa cuidar al prójimo aunque sea extranjero y respetar al hermano en su situación de necesidad. Esta lectura nos ofrece unas pistas concretas de cómo amar al prójimo realizando una justicia social. Estos son los aspectos que se señalan:

Acoger y ser hospitalario: “No oprimirás ni vejarás al forastero”

No aprovecharse  de los débiles: “No explotarás a viudas ni a huérfanos”

No beneficiarse a costa de los pobres: “Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses”

No apropiarse de los bienes ajenos: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de ponerse el sol”

Llama la atención lo concreta y actual que resulta esta lectura. Aquí vemos, además,  cómo los derechos de Dios están tan unidos a los del prójimo. Quien quiera respetar  a Dios, ha de respetar al prójimo, y quien haga daño al prójimo, le está haciendo daño a Dios, porque él escucha  los gritos de los que claman justicia.

  1. Tres pasos para amar a Dios

“Abandonado los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús”

El apóstol reconoce que la comunidad de Tesalónica ha amado a Dios dando tres pasos de conversión muy importantes en la vida de un cristiano. En primer lugar, abandonar  los ídolos. Son palabras dichas para nosotros, en este momento de paganismo y desorientación, tan preocupados por el bienestar y el disfrutar por encima de todo. Para amar a Dios, el primer paso necesario es abandonar los ídolos, esas fuerzas que nos arrastran y no nos dejan ser felices en Dios. Esos ídolos los fabricamos nosotros mismos y ocupan desgraciadamente el lugar del Dios vivo y verdadero. El segundo paso que debe dar toda comunidad cristiana: ponerse a servir a Dios. Hemos de salir de nosotros mismos, de nuestros antojos y caprichos para reconocer la soberanía de Dios en nuestra vida. Servir a Dios es amarlo con todo el corazón.  El tercer paso de conversión de una comunidad cristiana es esperar en el Señor. La meta de nuestra vida y nuestra existencia, de nuestros esfuerzos y fatigas ha de ser el Señor Jesús. Él volverá para hacer un juicio de misericordia y poner en evidencia el mal y el pecado.

  1. La religión del amor

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (…) amarás a tu prójimo como a ti mismo”

Estas palabras de Jesús ponen luz en nuestra religión, que no es religión del cumplimiento sino del amor.  Aprendamos a hacer las cosas por amor. Sobre todo nuestra relación con Dios, que esté impregnada de un grande y profundo amor. Si amamos a Dios sinceramente no nos pesarán nada sus mandamientos ni preceptos, porque todo lo haremos con deseos de complacerle, aunque nos cueste cumplirlo, aunque no entendamos. Hace falta descubrir estas palabras de Jesús hoy en día para infundir más amor en nuestra vida cristiana. Muchas veces actuamos con el temor de ser pillados o con la picardía de que no nos pillen. Pero esto no es amor. Hace falta corazón para amar a Dios, y corazón significa todo lo que de bueno tiene la persona: totalidad, sinceridad, claridad, entrega, renuncia, sacrificio, oblación, pureza. A Dios o se le ama así, o no se le ama. No vale para Dios cualquier amor, y no se puede compartir su amor con cualquier otro amor.

Las relaciones con el prójimo también han de estar impregnadas totalmente por el amor.  Esto significa cosas muy concretas como nos enseñaba la primera lectura. Amar al prójimo comienza por amar la propia persona. Quien no se ama a sí mismo, quien no se acepta, no puede amar, no aceptará al otro. Amar al prójimo es pues respetar al otro, adaptarse al otro, es perdonar, es aceptar, es comunicarse, es acoger, es dialogar, es asumir al hermano difícil.

Amar, por tanto, no es algo genérico, un principio bonito, sino algo muy concreto, como es el hermano que tenemos delante.